Si os pido que me salvéis me enterraréis antes.

Si os pido que me salvéis me enterraréis antes
Si os pido que me salvéis me enterraréis antes

Pi…Pi…Pi… Ritmo estable…

Existen realidades invisibles a los ojos y mortales para el alma. Algunos las llaman pequeñas cicatrices, pero, cambiarían de opinión si viesen su alma llena de puntos a carne viva. Esto no fue consecuencia de un amor devastador, sino de un intercambio de encuentros y olvidos que mientras que para ella significó sangre, para otros fueron copas de vino. Siento hablar de esas realidades calladas, pues si las verdades duelen como puños, las mentiras arrancan la vida a mordiscos y, es que, ella se empeñó en contarme su vida en 991 días (ni uno más, ni uno menos) sabiendo que aquello que callaba yo lo supe desde el primer minuto. Maldito azar que olvidó que las guerras mejor en la cama y las caricias allí donde hay drama, pues ella empeñó su vida como quién jugó con sus sueños: a golpes y sin control. Devastadora ebriedad que, mientras él se sumergía en tequilas para olvidar, ella encontraba en ellos quien era en realidad.

Sintió tantas veces los golpes en su cuerpo que, cuando le dijeron que toda herida cura, empezó a dolerle las costillas de tanto reírse (o de los moratones, también es posible). Creyó haber tomado alucinógenos cada una de las veces que le recordaron que lo que hoy le ahogaba, mañana le haría fuerte y, la verdad, lo único que quería era gritarles que prefería ser débil a pasar por aquel infierno. Quizás pensasen que ella era cobarde, pero más de uno hubiese tirado la toalla antes. En cambio, ella mandaba aviones de papel con notas escondidas entre las alas porque las suyas hacía tiempo que se las habían cortado. “Ayudadme, porque si os pido que me salvéis me enterraréis antes”.

Malditas voces que resonaron en las calles cuando debía haber un botón de off para apagarlas. (pre)juicios de seres con altas carencias y almas vacías que no supieron ser valientes y prefirieron esconder su cobardía hiriendo a otros. Vacíos reales que hicieron que se sintiese sola ante tantas almas insaciables. Risas atormentadas, lágrimas en busca de una salida de emergencia, (v)idas que no regresaron… y cobardía con voz propia en búsqueda de su boca, y no otra, para callarla a la fuerza.

Algunos creeréis que encontrar a una persona en esta situación es más difícil que encontrar una aguja en un pajar, pero lo cierto es que o el pajar es muy pequeño o la aguja extremadamente grande, pues en todas las calles existen personas que, de una manera u otra, reciben tales respuestas diariamente. La valentía se esfuma por la boca en el momento en que se insulta o se golpea.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Silencio, os la habéis llevado.

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