El país de nunca jamás

Desde los ojos de un niño los días lluviosos son una excusa más para chapotear en los charcos. Desde la mente de un niño se concibe la inocencia dejando de lado cualquier tipo de violencia. Desde el corazón de un niño no se entiende de fronteras, clases, sexo, razas ni ideologías, se entiende de compañerismo, solidaridad, cariño y amor incondicional. Un niño no quiere oír hablar de guerras, muertes ni crisis, solo piensa en la infinidad del planeta y en que todos estamos bajo el mismo sol.

Cuando éramos niños no entendíamos lo cruel que es la vida no por ser inconscientes sino por ser expertos en la fábrica de sueños felices. Vivíamos cada día como si fuera el último de nuestras vidas y considerábamos éstas como cuentos e historias en las que éramos nosotros mismos los personajes principales. Éramos simplemente, felices. Soñadores empedernidos, seres humanos con un corazón pequeño pero ardiente de sentimientos. La empatía, nuestra mejor arma, siendo capaz de llorar simplemente porque otro niño lloraba. Eramos capaces de, sin ni siquiera saber hablar, compartir cada uno de nuestros sentimientos.

Y de pronto, dejamos a Peter Pan en la estacada asociándonos con Garfio por ansia de riquezas y hambre de mundo. Pusimos en venta nuestro “País de Nunca Jamás” y Campanilla con su vestido ajustado y sus polvos mágicos ya no parecía ni hada, ni adorable. Y de pronto quisimos ser más competentes, más adultos, más maduros, más sabios. Pero lo que no sabíamos es que olvidándonos de ser niños dejaríamos de entender que un niño no declara la guerra porque sabe compartir sus juguetes, que un niño no dejaría a otro muriéndose de hambre porque sabe compartir su merienda, que no mataría a otro por simple diferencia étnica o cultural porque todos pueden jugar al mismo juego. Un niño no pegaría a una niña, ni viceversa, porque ante todo saben que hay que proteger al más débil. Y un niño nunca se da por vencido, sigue hasta conseguir sus objetivos.

Irremediablemente hay que crecer, hay que madurar para afrontar lo que la vida nos tiene planeado. Hay que aprender a ser fuertes y saber que cuanto más fuerte sea la tormenta más reconfortante será la calma. Debemos cumplir años y años y no desistir hasta conseguir lo que queremos. Debemos ser adultos de provecho y saber vivir dentro de la sociedad. Hay que mover bien nuestras fichas para ser mejores cada día. Pues bien, hasta aquí estoy totalmente de acuerdo.

Pero discrepo en cuanto al olvido de aquel niño que fuimos. No estoy conforme con ese asesinato premeditado de nuestro espíritu, no cabe en mi cabeza como olvidamos aquello que nos hacía felices cuando la vida consiste en la constante búsqueda de la felicidad. No entiendo porque los días de lluvia nos desaniman cuando hay miles de charcos por los que navegar. No entiendo porque la raza, el color de piel, la cultura, o simplemente la forma de pensar debe convertir en diferente a un igual.

Y posiblemente esto sea uno de los problemas principales de la educación; transformar soñadores inocentes en mentes competentes y no en mentes libres capitaneadas por personas felices. Mientras tanto yo, lo tengo bien claro; mi país de Nunca Jamas aún conservo, porque yo mi felicidad por nada la vendo.

Tags from the story
, , , ,
More from El desvan de la mente

Que te den

De nuevo vuelve el piano a sonar y de nuevo vuelve mi...
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *