Palabrera: Se regalan palabras.

Redd Angelo
Redd Angelo

Eso ponía el cartel del nuevo local en el centro comercial. En cursiva y negrita. Y cuando lo veías por primera vez, eras hasta capaz de pronunciarlo así, en cursiva y negrita, dándole como más valor que cuando leías Kebab en local de al lado, que lo pronunciabas con la manida times new roman que ya no decía nada a nadie.

Me entretuve un rato haciendo como que esperaba a alguien para ver si tenía o no clientes, y qué servicio ofrecían allí. La verdad es que la gente ni lo miraba. Pasaba de largo.

El local de la Palabrera no era espectacular, ni tenía decoración de esta que ahora llamamos vintage, y que llena las tiendas de ropa a veces con furgones antiguos, bicicletas colgadas del techo, flores de plástico, y tubos de neon. Parecía mucho más sencillo y sincero.

Al poco tiempo, una chica con sombrero de copa y alas algo tristes salió y me entregó un folleto explicativo.

-¡No deje de visitarnos señor! Regalamos palabras que pueden ayudarle en alguna situación comprometida. Cuando no sepa qué decir o cómo decirlo, no lo dude. Pase a visitarnos, y estaremos encantados de ayudarle en nuestra palabrera.- La chica con sombrero de copa y atuendo extraño repartió algunos folletines más entre los zombies que paseaban por la galería comercial. Las alas, aunque mustias, vibraban y brillaban un poco.

¿Alguna vez no ha sabido decir la palabra justa en una conversación?

¿Nota que algo vibra en la punta de su lengua en un momento importante y ese zumbido le

impide expresarse correctamente?

Pase por nuestro establecimiento. No se quede con la palabra en la boca. Déjelas volar.

La Palabrera

Me decidí a entrar. Sonaba Theater Island de Soley. Qué apropiado, pensé. No es que la letra encajase con la situación, pero sí que era una canción algo así como mágica. Igual que el ambiente que desprendía el mostrador. Olía a libro viejo y nuevo a la vez, como ese olor de las primeras veces en el cole cuando éramos pequeños y todo era más fácil.

Allí estaba la chica del sombrero de copa, con sus alas mustias y algo brillantes.

-Bienvenido señor, ¿en qué puedo ayudarle?- me preguntó.

Me di cuenta de que su acento era extraño. Entre palabra y palabra parecía deslizarse el sonido de una hoja de un buen libro al pasarse. Y al final de cada frase, el sonido era como el de la última página de ese capítulo en el que no puedes parar de leer y has de empezar con el siguiente. Un acento realmente extraño.

-Verá, es la primera vez que paseo por este centro comercial y….

-Eso no importa- me interrumpió- Lo importante es que usted necesita decir algo y no encuentra las palabras. Tenemos miles de palabras que regalarle para que usted lo haga. ¿se trata de una declaración de amor?¿del difícil arte de decir que no?¿de alguna situación incómoda que quiera resolver de una vez por todas y…-sus alas zumbaban y brillaban con muchos colores a la vez.

Así siguió un rato explicándome situaciones por las que yo había pasado y de las que nunca salí bien por no encontrar las palabras adecuadas. La chica del sombrero de copa parecía conocerlas todas. Llegué a pensar que esa Palabrera estaba allí para mí.

Me llevé tres lo siento y cinco gracias, que nunca están de más y parecen que costasen una fortuna en estos días rápidos. ¡Y allí las regalaban! Como si fuese una ONG. También me llevé a casa varias palabras sueltas y sinceras de esas que casi siempre olvidamos decir a las personas importantes, y que soltamos a otros sólo para quedar bien aunque en realidad no las sintamos.

Me despedí de la chica del sombrero de copa. Sus alas para nada estaban mustias ahora, y brillaban hasta casi deslumbrar. Salí feliz de la tienda con mis palabras envueltas en papel de regalo, listas para salir volando cuando hiciesen falta.

Volví a la Palabrera muchas veces y salí de allí con palabras sinceras y de verdad, adecuadas y exactas para momentos por los que sin duda todos hemos pasado. Nunca coincidí con ningún cliente en el local. Quizás por eso acabó cerrando.

Cuando vi las persianas echadas, y que el cartel Se regalan palabras había desaparecido, no pude evitar quedarme con la boca abierta, incapaz de decir absolutamente nada. Justo como antes de visitar por primera vez aquella Palabrera.

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