Pérdida de identidad

Photo by Eugenia Maximova on Unsplash

Era una noche como cualquier otra; sin embargo, se sentí diferente. Me veía diferente. Y no me refiero a ese clase banal de mirarse al espejo y encontrarse algo nuevo en el cuerpo, yo era otra, me había transformado y ni siquiera lo había notado.

Me eché agua en la cara, y al mirar al frente, al espejo; noté cómo se había desvanecido aquella sonrisa que guardaba para mí. Se había marchado, esfumado, había desaparecido.

Me quedé fijamente mirando a aquella extraña de la cual no sabía nada y le pregunté: ¿qué te trae por aquí?, pero el silencio fue devastador y con el brillo casi apagado de sus ojos me dio a entender que la extraña era yo.

Miles de preguntas inundaron mi cabeza; hechos pasado y presentes pululaban en mi mente.

La vida se me había escapado y ni cuenta me había dado; me faltaba todo, todo me sobraba. Despavorida, regresé de aquel ensimismamiento y grité. Me dieron ganas de salir corriendo, de transformarme y dejar mi cuerpo. Me eché agua nuevamente y me di cuenta que aquella persona era quien no me reconocía, quien me preguntaba qué había hecho y cómo había llegado hasta ese momento; y fue entonces y sólo entonces, cuando comprendí que me había perdido, que me había abandonado, que todo lo que era se había borrado…

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