Poema a la melancolía de tu boca ausente

A veces hay hechos que nos duelen tanto que somos incapaces de perdonar. Y aparece el odio, una forma de incomprensible que tiene nuestro cerebro de demostrar que no quiere sufrir más. Cerramos puertas a personas que consuelan nuestros ojos y boca cuando ya ni el dolor se puede pronunciar, ni un poema recoge ese rencor que no tiene un bonito cielo azul que despertar en las mañanas que hubiera pasado a su lado,

¿Qué culpa tenía él de que otro no me amará como yo le ame? Y sufrimos en silencio para demostrar a nuestro corazón que se equivocó al confiar y hacemos una gran pared de tierra para taparnos del dolor y volvernos fríos cuando el calor nivela la esperanza de volver a ser amado.

Frases que generalizan nuestra desdicha, lágrimas que nos intentan compensar en silencio la pena que llevamos dentro.

Los hombres han vuelto mis días negros, he conocido a un surtido que dominaría un escenario de una novela de Shakespeare, he concedido amor eterno a hombres que no tenían esa palabra escrita en su memoria. Nadar en sus mares en calma para acabar en tempestades y llegar a puerto ahogada.

No quiero llorar por haber pasado oportunidades y trenes que tenían un billete reservado a mi nombre, que ya he olvidado.

Historias que pueden ser más bonitas que la luna cuando te deja observarme mientras deshago una margarita blanca de esas que tanto me gustan. Grito tu nombre a lo lejos pero no sé si será tarde para que me oigas y vuelvas a mi lado.

No existen los amores felices, ni tristes; simplemente son pasajes de historias que volverán y hoy nos mantienen en píe.

Pero cuando tenemos demasiado que esconder, lo mejor es arriesgarnos a que nos liberen de una carga que nos dejó anclados en situaciones que nos hunden en un mar que ya no es de recuerdos si no de lástima y de “peros” que hoy ya no tienen respuesta.

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