Puñaladas de Amor

Amor
Amor

Estás ahí parado, apoyado en la puerta. Sólo han pasado treinta minutos desde que te llamé por teléfono. A pesar del tráfico de esta loca ciudad has llegad pronto. He tenido el tiempo justo para ducharme y retocar un poco mi maquillaje.

Nos observamos mutuamente. Tus ojos son azules, de mirada inmensa. Ahora sonríes y tu luz lo ilumina todo. Eres un hombre guapo, sí, muy guapo Me acerco a ti despacio, sopesando cada movimiento, casi hipnotizada por tu cálida mirada. ¿Pasas?, te digo y tú obedeces a mi llamada. Tomo tu mano  nos internamos en la “suite”. La cama de matrimonio se nos ofrece majestuosa.

– Pero antes bebamos ese excelente vino que hay sobre la mesa, es de crianza ¿sabes? Mi abuelo siempre me hablaba de cómo se obtenían estos buenos caldos- te digo.

Lo bebemos a pequeños sorbos, desde la misma copa, saboreándolo largamente mientras una música de saxo va envolviendo toda la habitación.

Quiero que hoy sea especial en todo.

Comienzo a quitarte la camiseta, que deja al descubierto tus poderosos pectorales, fruto de largas horas de gimnasio. Tienes un cuerpo fabuloso.

Tú estás callado, a la expectativa. Yo me despojo de la bata de raso, mostrando el conjunto color berenjena que me favorece bastante. Y a partir de ese momento comienza el juego amoroso.

…….

Han llamado al timbre de la habitación. ¿Quién será?, digo con inquietud. Recojo la bata que dejé en el suelo hace unas horas. Tú duermes plácidamente, con tu carita de ángel. Abro la puerta y sólo encuentro un sobre cerrado que alguien depositó sobre la moqueta del pasillo. Me inclino para recogerlo, el remitente es Eusebio, mi marido.

Eusebio quiere que vuelva con él. Me escribe constantemente, no tengo ni idea de cómo me ha localizado en este hotel escondido en una gran ciudad.

Abro la carta, la leo, son las mismas palabras de siempre, desde hace diez meses. Frases ya conocidas, promesas de cambiar, cientos de “te quieros” emborronando torpemente un papel.

Eusebio, que se quedó pasmado aquel día en que decidí irme para siempre… y es que ¡ya no aguantaba más!

La rabia me vuelve de nuevo, rompo la carta en mil pedazos, me visto y preparo la maleta.

Cierro la puerta de la habitación con suavidad, para no despertarte. Sigilosamente camino hacia recepción, el tiempo apremia, debo tomar un tren o quizás un avión, Eusebio ha vuelto a encontrarme, es hora de cambiar de ciudad, una vez más, como desde hace diez meses.

Tú seguirás ahí durmiendo. Deposité sobre la mesita de noche el cheque que pactamos por teléfono, incluso añadí una propina, te la mereces, porque ¿Sabes? Hacía tiempo que nadie me besaba donde tengo la cicatriz, la del costado, donde sangraban las puñaladas, las puñaladas que me daba Eusebio aquella noche mientras gritaba que me quería y no podía vivir sin mí.

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