Quédate con lo bueno

Suena a eslogan de campaña publicitaria, pero quedarnos con lo bueno es una de las mejores conclusiones que podemos sacar de la vida. Como diría Carl Gustav Jung, todos cargamos con una pesada “mochila”, con un “saco” repleto de experiencias, vivencias buenas y malas, momentos maravillosos e inolvidables, y momentos no tan “maravillosos” pero lamentablemente igual de inolvidables. Esa “sombra”, esa carga bastante desagradable es algo que pasara a formar parte de nosotros, y de nosotros depende cómo gestionarla. Ya quisiéramos olvidar muchas cosas; muchas personas y situaciones en las que dando lo mejor de nosotros no tuvimos la fortuna de recibir lo mismo a cambio. Pero por fortuna o por desgracia, la vida no es un mercadeo de emociones. De esta manera, una de las tantas y tantas “moralejas” de la vida podría ser: “Vacíate, da lo mejor de ti mismo, inténtalo; y quédate siempre con lo bueno.” Pienso que en los dos días, cuatro tardes, y quinientas o mil noches que pasamos en este mundo no conviene convertirnos en un contenedor de rencor, de odio, de ira, de resentimiento, de qué hubiera pasado si

Perdemos demasiado tiempo acumulando dolor, demasiado tiempo reciclando emociones negativas. Hacer esto no tiene ningún sentido. Pero parece que no nos quedamos contentos hasta que no tenemos algo de que quejarnos, alguien con quien discutir, algo que criticar, que lamentar… Este puede ser un triste pero práctico consuelo para evadir responsabilidades, porque siempre es más fácil señalar a otro como culpable. Pero a mi modo de ver el precio que tenemos que pagar no compensa. No compensa llenarnos de los llamados malos rollos. No compensa, ni conviene. No conviene ensuciar nuestras emociones, atiborrarnos de litigios internos absurdos que no aportan nada, que son un lastre, y que además enmascaran otros recuerdos, otros momentos maravillosos a los que casi ni prestamos atención. Son esas memorias las que hacen que la vida merezca la pena, o mejor dicho, las que hacen que la vida merezca la vida. Debemos guardarlas como los tesoros que son, y debemos tenerlas presentes, vivas en nuestra mente; pero no como un vestigio de un pasado fantástico irrecuperable, sino como la prueba de que también ocurren cosas buenas, de que mañana, o la próxima semana, o dentro de seis años volveremos a vivir experiencias igual de gratificantes.

Mantener vivos los buenos recuerdos no tiene porqué dejarnos anclados en el pasado, al contrario, debe de ser el incentivo por el cual queramos levantarnos cada mañana, debe ser esperanza. Porque la esperanza también puede venir del pasado, porque la importancia de quedarse con lo bueno es un bálsamo en este mundo tan gris, tan frío y en ocasiones oscuro que cultiva la venganza y el resentimiento, porque si estamos aquí y seguimos vivos es para llenarnos de buenas experiencias, es para vivir, buscar, y disfrutar esos momentos, no para revolcarnos en los desechos emocionales que hacen más pesada esta vida, una vida que todos pintamos con la paleta de colores que hemos conformado con decepciones, pero también con grandes dosis de fantásticos momentos.

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