Reencuentros

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Supe que era él en cuanto escuché el telefonillo. Cuatro veces. Siempre había tenido esa costumbre para anunciar su llegada. 

Esta vez, sin embargo, se me hizo eterno esperarlo hasta verlo aparecer por la mirilla. Solía salir a recibirlo para darle un abrazo en cuanto saliese del ascensor.

Pero no, esta vez no.

Fue realmente duro ser consciente en su día de que cuando me hablaba era incapaz de mirarme a los ojos. A mí me llevó más de un año olvidarme de los suyos.

Y ya habían pasado seis.

En cuanto se abrieron las puertas del ascensor, me despegué de la puerta y fui directa al comedor. Como si no fuese conmigo la cosa. Como si aquel programa de la tele hubiese captado toda mi atención. 

Los demás se levantaron para recibirle. Gritaban de alegría. Siempre había sido tan buena persona, y eso hacía que fuese todavía más difícil.

Tenía tantas ganas de llorar que el esfuerzo que hice por calmar los nervios todavía hoy me pasa factura.

Creía de corazón que había llegado a perdonarle, que ya no le guardaba rencor. Me di cuenta de que uno nunca puede saber si ha perdonado al otro hasta que no vuelve a mirarle a los ojos.

Me miró y, como por arte de magia, me llevó de viaje al pasado.

Nos sentamos en la mesa; yo todavía temblando.

Era Año Nuevo y aquella sensación que me recorría el cuerpo me recordaba a cualquier cosa menos a algo nuevo.

Tenía que romper con la incomodidad. Tenía que pestañear y centrarme en los motivos que me habían llevado a estar hoy bien; a ser hoy feliz.

Tenía que recordarme que puedo.

Carraspeé. Le devolví la mirada. Y decidí hacerme dueña de la situación –

– ¿Me acercas la sal?

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