Reflexiones de quien piensa que los despertares deberían ser privados

– El caso es que me encanta dormir pero se me da muy mal. Nunca encuentro el momento oportuno para decir “ahora sí que sí, toca irse a la cama”. Vamos, que me quedaría despierta hasta quedarme dormida donde sea que me encuentre en ese momento. Porque me cuesta ponerle un punto y final a algo que sigue activo. Y lo peor es que cada vez que me levanto para ponerme el pijama, lavarme los dientes, beber el último vaso de agua, ¡me despierto! Y por ende lo que me sucede es que me estoy dos horas dando vueltas en la cama cuando ya me había hecho a la idea de que tocaba dormir.

“Vaya, pues va a ser que sigo despierta”. Y empiezo a pensar en todo lo que ha sucedido a lo largo del día. En todo lo que le ha sucedido a las personas que me rodean. Y en todo lo que les ha sucedido a todas las personas cuya vida he cotilleado. Sin contar todo lo que espero suceda a la mañana siguiente. Pero me doy cuenta de que gusta mi vida. Pasan muchas cosas. El día ha ido bien. Soy la leche, me voy a comer el mundo.

Entonces me despierto con una alarma y se me cae el mundo encima. No me apetece salir de la comodidad que supone esconderse entre las sábanas. Me da pereza hacer todo lo que sé que tengo que hacer. ¿Y por qué hacéis todos tanto ruido? Necesito desayunar para empezar pero no tengo nada de hambre. Y encima tengo que ducharme porque sino me juzgaré el resto del día. Me descompongo por momentos.

Así que soy mejor compañía de noche. Claro que de noche me aplaudo por quien he sido durante el día…

– ¿Y por qué me cuentas todo esto? Solo te he pedido los buenos días.

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