Reflexiones en voz baja y con la ventana abierta

Barcelona
Barcelona
A Noelia y Manuel

Cada día paso por las mismas calles, bajo las mismas escaleras, veo las mismas caras (en muchas ocasiones con las mismas expresiones) y, si no fuese por mi cambio de ropa matutino, creería que estamos en una película con nombre de roedor somnoliento.

En mi camino diario el sol ilumina distintas caras de una realidad que, hace años, yo veía como de mi propiedad (únicamente mía). Pero, extrañamente, un día cambiaron mis ideas y comencé a entender la realidad como creada para, vivida por y relativa a todos aquellos extraños que cruzaban (y siguen cruzando) por mi lado con caras grises o encendidas, de traje o en pantalón corto, que hablan o callan, con mucha prisa o sin dejar de estudiar el próximo movimiento (es decir, más lentos que el caballo del malo), personas que quizá viven como yo lo hacía: creyendo que el mundo es lo que sólo les acontece a ellas mismas.

Las razones de mi cambio no son fáciles de explicar, como todas las cosas magníficas (como el amor o la amistad) pueden ser delineadas, pero no descritas a la perfección. Sólo puedo decir que me di cuenta de que el mundo es un lugar hecho por y para todos y que todos lo estamos olvidando. Que sólo prestamos atención a nosotros mismos (y nuestro pequeño círculo) sin pensar siquiera en la posibilidad de detenernos y ayudar a un desconocido en la calle. He tenido que irme, salir de mi círculo y convertirme en un extranjero sin más ayuda que la que alguien totalmente desconocido podría darme para comprender que el mundo es un lugar formado por personas increíbles que lo alegran y enriquecen y por personas egocéntricas que lo merman y oscurecen.

Quizá esto no sea lo que alguien quiera leer, pero alguien tenía que contarlo: tuve que sentirme fuera del mundo (mi mundo) para darme cuenta de que éste no era mío. Tuve que alejarme de todo lo que (creía) daba sentido a mi vida para darme cuenta de que el mundo puede ser un lugar maravilloso, siempre y cuando entendamos que todos y cada uno de nosotros somos parte de él y lo construimos día a día. Con tal de que nos demos cuenta de que no todo es el círculo estrecho que nos rodea sino que hay mucho más ahí fuera, que hay que ayudar y sonreír a aquellos desconocidos que vemos que lo necesitan. Algunos dirán que esto es una utopía, yo les digo que aún no han conocido el verdadero mundo de la feroz soledad, del verdadero extranjero.

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