El sabio puede cambiar de opinión. El necio, nunca.

Immanuel Kant afirmaba las palabras que dan forma a este título y precisamente por eso las he querido elegir. Marzo es un mes alegre, llega el buen tiempo y nos comenzamos a meter en la primavera. Por ello, los que tenemos la suerte de trabajar sólo por la mañana ya no nos quedamos en casa huyendo del frío el resto del día, sino que salimos a dar un paseo admirando los primeros atisbos del paisaje primaveral. Y eso nos deja mucho tiempo para pensar.

He querido compartir una de las reflexiones que se repiten en mi cabeza mientras disfruto de uno de esos instantes de soleada soledad. Y es que normalmente si me quedo a solas suelo ponerme un poco filosófica. ¿Alguna vez habéis ido sentados en el autobús admirando el azul del cielo y os habéis preguntado por el origen del Universo? No sé, yo lo hago muy a menudo.

El otro día, en una de esas tardes a solas, estaba haciendo un leve repaso por mi vida y de repente me encontré sacando una lista de errores que he cometido en el pasado y que suelo seguir cometiendo continuamente. Se llama autocrítica, pensé. Y va a venirte bien. Desde luego, soy de ese tipo de persona que habla bastante consigo misma, eso no ha cambiado con el tiempo. Y la verdad es que sí, me viene bastante bien. Os sorprendería todo lo que podéis descubrir sobre vosotros mismos si a veces dedicarais unos minutos a preguntaros qué tal estáis.

Yo hace un tiempo me di cuenta de que hay cosas de nosotros que, precisamente, sólo podemos arreglar nosotros. Y por eso decidí dedicarme un poco más de tiempo y paciencia.

Retomando el tema que nos ocupa y, como os decía, saqué la lista de errores de los últimos años y me dediqué a plasmarlos sobre un papel. Así, cada uno con un guión. Cuando terminé, dibujé una flecha al lado de cada uno y escribí al lado de cada uno cómo habría actuado en este momento, con unos cuantos años más, en cada una de esas situaciones. ¿Sabéis qué me sorprendió? Que, con la perspectiva del tiempo, he cambiado de opinión con respecto a muchas cosas que dije y/o hice en el pasado. Madurar, aprender, de eso trata la vida.

En mi caso particular, he de decir que soy bastante rencorosa, pero también sé reconocer un error y pedir disculpas si considero que he hecho algo mal a una persona que me importa.

Cuando terminé de escribir anotaciones en esa lista, me di cuenta de que lo único que me faltaba, ahora que lo tenía guionizado y había hecho un ejercicio de reflexión sobre ello, era enmendar los errores. Salir a la calle y encontrar a ciertas personas, disculparme o al menos contarles qué habría hecho hoy en día si se hubiera dado la situación. No sé, sentí como un repentino y extraño complejo de Amélie. Quería que la gente fuera feliz para cerrar ciertos capítulos del pasado y llegar a serlo yo también.

Cambié de opinión en muchos aspectos, no pretendo con esto describirme como una sabia, pero lo que sí tengo claro es que no estoy  dispuesta a vivir siendo una necia. Rectifiqué y ¿sabéis qué? Hubo una persona en particular a la que le conté esto y con ello conseguí avanzar un pequeño paso hacia ese particular entierro del pasado para poder vivir el presente con total plenitud.

Madurez, divino tesoro.

More from Encarni Ortiz

Te he visto reír

Te he visto reír y me ha parecido la cosa más bonita...
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *