Cómo salir del peligroso precipicio (cuando ya lo das todo por perdido)

precipicio
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Introducción:  Como se trata de que el lector pueda sacar beneficio personal, humano, espiritual, de las lecturas que realiza en La Enredadera, he decidido publicar este texto que escribí hace un tiempo, como desahogo personal. Como pienso que puede ayudar a personas que sientan que están pasando por momentos malos, o que sienten que sus problemas no tienen solución, aquí lo comparto con mucho gusto, con la felicidad de saber que a alguna persona le puede servir:

Alcanzado el borde del precipicio, entiendo que se pueda pensar, “mejor estar allí abajo, que entre voraces tinieblas aquí arriba”. Lo entiendo, lo he pasado, pero también sé que la mente se enmaraña y engaña, tú no eres esos pensamientos, ni esa ansiedad, ni ese malestar, tú puedes salir de todo ese negativo caos, caos paradójicamente finito, porque tiene fin, con ayuda se alcanza.

Solo debes dar el paso, el paso de atreverte a pedir ayuda, es esencial. Ya sabes que tienes un problema, que te come el alma, la mente, te envuelve y no te deja pensar, ni hacer, ni decir, ni sentir, ni por supuesto amar. Que te hunde en la máxima indiferencia, te convierte en un muñeco inerte, y lo peor de todo, es que eres consciente, consciente de que tú no eres así, pero estás inmerso en un mundo de tinieblas, tu mundo de tinieblas, que no cesa de acompañarte, veinticuatro horas al día, sin descanso, sin tregua, con saña, sin autocompasión.

Tú eres tu peor enemigo, y, ¿quién puede huir de sí mismo? Nadie. Cuando te das cuenta de esto, relativizas la vida, la sociedad, la familia, las amistades, las peleas en casa, la comida de mañana… ¿es que acaso algo importa cuando tú estás en llamas? Nada. Y da mucho miedo. Tanto miedo que rezas, rezas a Dios, a ese Ser externo que esperas que te escuche, que te calme, que te devuelva las alas para alzar el vuelo y dejar lejos el precipicio. Porque no has caído, ni quieres caer. Lo comprendes, comprendes a las personas que han decidido caer para siempre, pero tú no quieres, te niegas a creer que no hay salida, te niegas a creer que esos fantasmas, esas tinieblas, no pueden desaparecer. Te aferras a la esperanza, esperanza de volver a ser al menos el que eras antes, con esos problemas profundos que te han ido acercando, sin tú siquiera saberlo, al borde del precipicio, aunque ahora ya sabes, que además de querer ser el que eras antes, no quieres volver allí, quieres desdibujar el camino de vuelta al precipicio, quieres cerrar esa puerta para siempre, pero sin borrarla, sin olvidar, para poder recordar que no debes volver, que allí está muy cerca el fin, demasiado, un fin odioso, donde vence la mente enfermiza, un sitio donde nadie debería llegar a estar. Nadie.

Si eres capaz de dar un pequeño paso atrás y pedir ayuda, estás salvado. Te lo aseguro, estás salvado. Los fantasmas y las tinieblas ya no son algo etéreo, nebuloso, algo que parece que lo abarca todo. Cuando hablas sobre tus males internos, cuando dejas que tu mente se vacíe de tanto dolor, de tanto problema no hablado, de tanto miedo contenido durante años, todo se tangibiliza, la nebulosa negra se convierte en un dragón, muy poderoso, pero ya puedes luchar contra él, le puedes liquidar, puedes acabar con su vida. Ayuda y tiempo. Espada y magia juegan ahora en tu favor. Magia porque en cuanto te abres y liberas lo que llevas dentro, el dragón se hace pequeño, su fuego ya no quema tanto, ya no duele tanto, estás a su altura,

puedes levantar la cabeza y mirarle directamente a los ojos. “Hola, estoy aquí, sé quién eres, sé cómo vencerte, y, ¿sabes una cosa? Voy a por ti.” Aunque me cueste sufrimiento, tristeza, incertidumbre, miedo, intranquilidad… no hay problema, porque vengo del borde del precipicio, allí he conocido todo eso y más, ya conozco esos sentimientos, ya sé que la mente engaña, te engaña cuando nublan su juicio las tinieblas. Y yo ya no temo a las tinieblas, ni a los fantasmas. Sé que pueden desaparecer, con valentía y con ayuda, sobre todo, con ayuda. Y ya te he dicho, además de magia tengo una gran espada, afilada y dispuesta para cortarte la cabeza, y pinchar en tu corazón, para que jamás vuelva a latir, y gritaré, “¡vencí a mi dragón!”.

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