Y que sea lo que queramos

Y que sea lo que queramos

Y es cierto, conforme pasa el tiempo el arrepentimiento no aflora para recordar lo que hicimos, sino lo que no hicimos. La vergüenza o el dolor se rinden ante la posibilidad de haber sido, quizá, más feliz. Y es cierto, la memoria está cargada con recuerdos buenos y malos, guardados, a veces, sólo para unos días y, otras, para el resto de nuestra vida. Pero el ser humano dispone de lugares más escondidos donde guardar determinados recuerdos, sentimientos, que jamás podrán huir del cuerpo que los vio nacer: el corazón.

Es en el corazón donde guardamos algo más que imágenes y donde queda todo verdaderamente grabado. Ahí todo es real, ningún arrepentimiento queda solo (a diferencia de en la memoria), todo sentimiento supuso algo real, hecho, vivido, la memoria del corazón no es capaz de preguntar por qué no hicimos esto o aquello (algo del todo racional), sólo nos muestra por qué lo hubiésemos hecho, qué nos empujaba hacia la aventura y qué se sentía entonces. Nuestro problema es sencillo, olvidamos la memoria del corazón y nos quedamos con la racional (“por qué no fui…”; “por qué no la besé…”); en absoluto es un error, en absoluto debemos evitar recordar acontecimientos pasados, pero hay que ir más allá: debemos comprender que lo que hicimos es lo que nos ha forjado hoy, que somos productos de ese no-hacer y de los sentimientos de antaño. Hay que evitar la tendencia propia del ser humano: traer lo malo en detrimento de lo bueno, recordar lo que no hicimos (como acto) y olvidar los sentimientos que nos invadían y movían a hacerlo (o no).

Aquí se me podría acusar de inmovilista, de adorador de lo actual y real y no de lo posible, pero jamás fue esa mi intención, si algo debe quedar de lo que digo es esto: no debemos lamentarnos por lo que fue y no puede volver, hay que recordar lo que sentimos (bueno o malo) para hacerlo y, si aún sigue vivo, lanzarnos a reconquistar aquello que no pudimos alcanzar. Quizá sea por esto por lo que, los amores verdaderos que no fueron, por ser verdaderos, mueven a los amantes a unirse de nuevo. No es el destino, es nuestro corazón que nos pide recuperar la felicidad antaño vivida y hoy disecada entre sus paredes.

Vivamos, vivamos sin arrepentirnos de nada, haciendo lo que queremos; vivamos y nunca pensemos hoy en el “pudo ser” de ayer, si el corazón late y lleva un sentimiento real y vivo no habrá ayer que valga, si lo oímos nos llevará a la felicidad.

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