Ser alguien

Photo by Luca Zanon on Unsplash
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Volví de las vacaciones con bastante “mono” de escritura. Y la misma noche que aterricé en
casa, escribí para mi blog un texto titulado “No soy nadie”. En realidad, el texto venía a
concluir todo lo contrario a lo mencionado en el título.

Es muy fácil sentir que no somos nadie, especialmente cuando se empieza un nuevo proyecto
e intentas abrirte hueco en un nuevo mundillo. Vivimos en un mundo cada vez más
competitivo que muestra una llegada a la cima del éxito a una velocidad frenética que roza (o
incluso sobrepasa) lo irreal. En una sociedad marcada por los “likes”, los “followers” y los
millones de visitas, lo complicado es no caer en el sentimiento de fracaso cuando no
alcanzamos una determinada meta.

Yo soy la primera en caer en la trampa. A menudo. Demasiado a menudo. Haciendo
seguimiento del número de personas que suele leerme, el número máximo es 7. Y pare usted
de contar. Y claro, con ese panorama, ¿cómo no voy a sentirme fracasada? ¿Cómo no voy a
creer que esto se me da de pena y que no merece la pena continuar?

Podemos verlo así, o podemos verlo de forma opuesta. Puedo pensar que soy una triste
escritorucha de chiste o puedo pensar que, para esas personas, sean el número que sean, por
un momento, he sido alguien. Algo han encontrado en mis letras que les ha llamado la
atención, algo hay ahí que les ha gustado, les ha provocado algo.

En el momento que una persona, aunque solamente sea una, sigue lo que hacemos,
automáticamente ya somos alguien. Para esa persona lo somos. En ese preciso momento,
aunque tan solo sea ante esa persona, adquirimos el poder de hacer algo grande.

Cuando escribo para esta revista, suelo decantarme por temas sociales. He escrito ya sobre
inmigración, explotación, prostitución… Mucho palabro acabado en “-ción”. Y es que soy
consciente de que el número de lectores no va a ser elevado, pero oye… ¿voy a desaprovechar
la oportunidad que tengo?

Porque esto es lo que significa poder escribir aquí. Una oportunidad. Una oportunidad de
hacer algo tan grande como cada una de las personas que colaboramos así lo queramos.
Marcamos como utopía aquello de “hacer del mundo un lugar mejor”. ¿Y por qué no lo
hacemos?

Esto que estamos haciendo, dedicar tiempo a escribir pequeños textos, puede ser la mejor de
las herramientas para cambiar nuestra sociedad y nuestro mundo. Vale, no vamos a acabar
con las guerras, el hambre y las catástrofes naturales. O no de golpe. O no actuando
individualmente. Pero sí podemos concienciar sobre la guerra. Y sobre el hambre. Y sobre lo
que se sufre cuando un huracán arrasa con todo lo que encuentra a su paso.

Y quien dice el hambre, dice la falta de autoestima o dejar de creer en el amor. Qué sé yo. O
incluso la soledad. Hay muchas personas que se sienten solas hasta que a alguien, en vete a
saber qué lugar del planeta, decide escribir sobre aquello que, casualmente, sienten ellas. Lo
que sea. El problema a abordar me es indiferente (será por problemas…). Lo que vengo a decir
es que la utopía no nos resulta tan lejana. Aunque nuestra capacidad se limite a mejorar una
vida, o el día de una vida, eso ya es hacer de este mundo un lugar mejor.

Posiblemente, seamos la generación con mayor posibilidad de mejorar nuestra sociedad que
ha existido nunca. Contamos con las mejores herramientas para ello. Y cada día que pasa, las
posibilidades van en aumento y las oportunidades se suceden una tras otra. Cada mañana que abrimos los ojos, podemos cambiar el mundo. A poquitos. A pellizquitos. Persona a persona.
Pero como se dice por ahí: toda piedra hace pared.

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