Si no me toca

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Generalmente me decanto por escribir poesía (o mejor dicho, hago lo que buenamente puedo e intento que parezca poesía). Pero esta vez me vais a permitir que dedique este espacio a la reflexión.

En uno de esos ratos de procrastinación, me puse a un ver un vídeo en el cual una persona bastante conocida se desvinculaba de determinadas reivindicaciones sociales al no sentir que ella estuviera pasando por una situación similar.

Para más de una persona que viese el vídeo, o que incluso vaya a leerme ahora mismo, puede resultar una respuesta lógica. Si yo no me identifico con una situación, ¿para qué vincularme con esa cuestión?

Pero vayamos por partes. No es lo mismo vivir una situación injusta que calificar una situación como tal. Existe algo llamado empatía, y otro algo llamado solidaridad. No necesito sufrir injusticias para conectar con las que tú estás sufriendo. Es muy posible que esta persona no haya sufrido una determinada situación, pero ¿eso implica no reconocer dicha situación como injusta y, por tanto, solidarizarse y empatizar con quienes si la han sufrido?

Imaginemos un mundo en el que practicáramos la filosofía de “si no me toca, no me importa”. Yo como todos los días, ergo, daré la espalda a quienes mueren de hambre. Mi casa sigue en pie, ergo, ignoraré a quienes han visto destruido su hogar a base de bombas. Yo no he tenido que escapar de mi país, ergo, no voy a pensar en quienes han fallecido en el mar. Incluso sin tener que irnos tan lejos, voy a ignorar a quienes se quedan sin casa en mi país, a quienes viven entre cartones, a los niños que no comen por la pobreza de sus padres, a las personas mayores tratadas de forma vejatoria, a las personas con discapacidad… Voy a ignorar a cualquiera que no sea yo, porque oye, no son yo. ¿Qué pasaría?

Hay una cuestión que tengo igualmente clara. No podemos deshumanizar a quienes admiramos. Siguen siendo personas. Siguen teniendo defectos. Siguen siendo ignorantes en muchas materias. Siguen siendo imperfectas. Como tú y como yo. Considero fundamental devolverle a la gente de a pie su propio criterio, su propia mente crítica, borrar de la mente y de la boca el “amén” directo por ser vos quien sois.

Pero con defectos y virtudes, con conocimiento e ignorancia, con imperfecciones y sin ellas, con nuestra humanidad, hemos de ser responsables de nuestras palabras. Incluso quienes tenemos espacio en esta revista debemos reconsiderar nuestra responsabilidad. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”, señoras y señores. Y sí, tenemos poder, más del que creemos. Y en plena era millenial, ese poder se multiplica.

Concedeos el derecho a no saberlo todo, a equivocaros, a caer en la banalidad. Pero no olvidéis lo que está en vuestras manos. No olvidéis que el bienestar ajeno puede depender de vuestra voz, pues por desgracia, multitudes y multitudes viven silenciadas.

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