Soledad

enamorado
enamorado
Habíamos sido invitados por Soledad. Acababa de adquirir el castillo de un cuento antiguo, cualquiera que imaginéis, con halo misterioso y secreto, con sus rincones exquisitos y reservados, sus torres casi derruidas y de origen indescifrable. Una de sus últimas extravagancias.
Soledad presidía nuestra mesa y chupaba, como una niña golosa y malcriada, las piezas de fruta que cogía del plato central y las acariciaba con las yemas de sus dedos sonrosados, y el jugo chorreaba por sus manos blanquísimas.
Se veía en la mesa de cristal como una luz derramada del color de extraordinarias piedras preciosas, y la luz de las velas se descomponía en las copas ya casi vacías de vino afrutado color violeta y azul.
-“He decidido acabar con algunas palabras de significados ya viejos y de poco sentido”- dijo de repente.
Se levantó y fue hacia una de las estanterías repletas de libros que rodeaban la sala. Cogió un volumen que parecía tener mil años y lo abrió. Una nube de polvo se levantó al hacerlo y vimos motas brillantes bailar desde donde estábamos sentados. Pasó las hojas rápidamente hasta detenerse en una donde leyó “futuro”. La arrancó sin respeto ni pudor y, dejando el libro viejo y polvoriento sangrando en el mismo sitio del que acababa de cogerlo,  se la tragó.
Masticó el futuro con dificultad al principio, se acercó a la mesa y cogiendo la botella que acabábamos de compartir, bebió un trago del vino violeta y azul y nos miró a todos seriamente. Asistíamos en silencio a esta ofensa al tiempo y la lógica mientras que a través de las ventanas, la línea pintada de tiza azul que separaba el cielo del mar intensificaba sus chispazos de tonos púrpuras y se oscurecía el firmamento un poco, pero de forma distinta a cuando anochece. De una forma que parece difuminar lo que pueda estar a punto de ocurrir.
Soledad se pasó la lengua lascivamente por los labios apurando los últimas gotas púrpuras del vino que quedaron allí suspendidas y rió: -“¡Bah! ¡Para mí el presente! ¡El futuro no existe! Yo quisiera dar brillo a este momento, y si fuera posible, que os olvidéis de lo que pueda pasar. Os advierto que nada existe excepto este instante mismo, y que me dejaré enamorar por el que me adore sin más pretensión que el aquí y el ahora, y se olvide de cantar a lo bueno que pueda estar por venir. Seré así su Soledad y su disfrute inmediato y efímero”
Todos reímos y brindamos por lo que no podía pasar. Pero por encima de todas las carcajadas brillaba y sonaba la de Soledad, con su rostro emitiendo destellos hermosos, como resplandeciente de placer fugaz y pasajero.
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