Un día cualquiera

Familia
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Ring,ring,ringgggg……

Me levanto de un salto, asustada por el rugido de mi despertador, un día de estos tengo que comprarme otro más suave, digo en voz alta. Me quito las legañas y me ducho rápidamente, no quisiera llegar tarde al trabajo precisamente hoy que tengo un montón de papeles pendientes de ser despachados.

Mi oficina no tiene ventana a la calle, las luces fluorescentes son mi única iluminación. Dos enormes plantas de plástico llenas de polvo flanquean la puerta; el cenicero está lleno de colillas de tabaco barato; casi no se me ve de la cantidad de humo que impregna el aire, pero poco importa, porque estoy sola en el despacho, no hay nadie más, tan sólo un jefe gruñón separado de mí por una puerta.

Ahora él me llama, mejor dicho: me grita, quiere que consiga terminar el pedido de no sé qué cosa para no sé qué cliente. Impresos, nóminas de otros que ganan más dinero que yo, rascacielos de papeles que tengo que rellenar, ordenar, apilar…

… Uff!!  Por fin termino la jornada laboral, son las tres y media de la tarde, tomo el metro e intento leerme las noticias de un diario que alguien dejó abandonado en mi asiento. Como siempre, este tren subterráneo va lleno de gente, de todas las caras y todos los cuerpos, gente que no se mira, que no se habla y que procura no rozarse, pues ya sabemos cómo está la ciudad de carteristas.

Varios músicos callejeros recorren los vagones del tren cantando con su guitarra, mendigando una propina que les pueda llenar el estómago esta tarde, pocos son los que se la dan, yo tampoco, bastante tengo con hacer milagros para llegar a fin de mes.

Llego por fin a mi apartamento de setenta metros cuadrados, situado en un barrio maloliente y destartalado invadido por drogadicción y ladronicio. Me esperan cuatro hijos bulliciosos que salen a mi encuentro asaltándome por delante y por detrás, “hogar, dulce hogar”, me recuerdo internamente mientras cambio pañales, preparo comidas y despido a la niñera por horas, que por cierto está cada día más amargada, un día de estos tendré que buscarme otra chica un poco más cariñosa, no creo que sea bueno para los niños una compañía así.

Me dirijo al frigorífico y alcanzo uno de esos yogures súper vitaminados, ricos en calcio y bajos en calorías que pasan por mi estómago tan ligeros como si de un trago de agua se tratara y es que he decidido ponerme hoy mismo a dieta, claro que también lo decidí ayer, y antes de ayer y… bueno, vamos a dejarlo estar, porque se oyen las llaves de mi marido que entran en la cerradura de la puerta de casa.

 Y esta es otra, mi marido, que llega cada día con su barrigota cervecera directamente a tirarse en el sofá después de un “que tal el día cariño” dicho de soslayo como quien pregunta la hora. En fin, yo a lo mío, que tengo las patatas fritas que se me están quemando en la sartén, pero ¡no, no, que nadie corra a descolgar el teléfono que lleva diez minutos sonando! . ¡A ver si os va a dar un lumbago!!

Tendré que ir yo, como siempre, total, si siempre es mi amiga Pura para contarme los cotilleos de la semana: que si Mari se separa, que si a su sobrina se le contagió la gripe, que si…, en resumidas cuentas, que se me han quemado las patatas y tengo la cocina llena de humo. Cuelgo el teléfono a mi amiga y arreglo el desaguisado como puedo

—mamá, mamá, ¿llamamos a los bomberos?—ese es mi hijo Borja con sus cosas de cinco años, no, hijo no, esta vez no, le digo riendo por su ocurrencia, y le doy un sonoro besazo en un carrillo, porque es un primor y porque de vez en cuando se me despierta la ternura maternal.

 ….Bueno, son las once de la noche, todo recogido, los niños durmiendo, mi espalda hecha una calamidad pero toda la situación controlada. Me voy al salón a ver que ponen en la tele basura de hoy y me encuentro a mi maridito roncando a pierna suelta ocupando todo el sofá. Pues, mira tú por dónde, hoy no me da la gana de despertarle, lo dejaré ahí durmiendo, porque yo me voy ahora mismo a la cama a leer una novela de esas de historias de amores apasionados entre rubias despampanantes y hombres riquísimos e igual me preparo un bocadillo de chorizos que parece que tengo algo de hambre, ah, y una buena cerveza.

¿El régimen? Ah, sí sí, el régimen lo empiezo mañana, sin falta.

                                                 

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