Un país

miedo a vivir
miedo a vivir

Hay un país
al sur de Europa
besado por Atlántico y Mediterráneo
que navega entre absurdos valores
unos son ancestrales
venidos de sus vecinos
y de monarcas ya extintos
y otros contemporáneos
a las redes sociales
pero todos comparten
el mismo trasfondo vacío.

Ese país
de concertinas y ricas dietas
un día fue tan extenso
que el sol perdía todas las batallas
era –y es– saqueado por piratas
era –y es– cobijo de sus bastardos
se enrolaba en mil guerras
y su pueblo
de nacionalismo se llenaba la boca
mientras el pan faltaba en la sopa.

Ese país
de luz y de colores
vive el siglo XXI
con la misma picardía
que su Lazarillo de Tormes
sus ciudadanos
críticos con el político corrupto
son cómplices evadiendo obligaciones
y asaltan las calles
con una Copa del Mundo
pero en el sofá se amuerman
si educación y sanidad se ahogan.

Ese país
dominado por el culto al chisme
aleja a sus mentes brillantes
y abraza el grito y la disputa
mientras la queja se hace constante
pero poco aliento se gasta
para conseguir el cambio.

Ese país
incapaz de situarse en el acuerdo
ha dejado de luchar
y la sangre que derramaron antepasados
se va secando
a medida que los logros
pasan a manos de unos pocos
y los que son muchos
ya no saben –o ya no quieren–
reclamar lo que les robaron.

Ese país
lentamente se asume en tristeza
pero no se da por vencido
y grita entre montañas
planicies y playas
que las antorchas alumbren la noche
y se le devuelva a su gente
lo que nunca se le debió ultrajar
y lo que siempre le faltó.

Ese país
anhela que su población
se alce en una sola voz
y vuelva a la lucha sin tregua
a las canciones de ilusión
y a cultivar un pueblo
de mil culturas
y un solo corazón.

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