Una llamada a los padres

Vivimos rodeados de pantallas; de estímulos continuos que alteran nuestra percepción; de estrés que se inicia con el sonido estridente de nuestro despertador agitando el corazón desde bien entrada la mañana. Vivimos presos de los pagos, de la producción, del tiempo sin respiro, de acumular necesidades creadas y proveer a los nuestros de todo cuanto podamos.

Vivimos sin vivir, sin mirar en nuestro interior; hemos dejado lentamente de escucharnos y la voz de nuestra alma se atenúa, quedándose en un inaudible grito silencioso. Vivimos sin ser conscientes de la vida, observamos los días como una sucesión estándar de acontecimientos hasta que una remota tarde te das cuenta como tu hijo o hija acaba de soplar las velas de su décimo cumpleaños y un suspiro te embriaga al darte cuenta que con ellas se acerca el final de su infancia.

Estrés, sobreestimulación, depresiones, trastornos, fobias, dificultades de aprendizaje o de atención son solo algunas de las anomalía que envuelven las vidas de nuestros niños y adolescentes. En ocasiones son derivadas de su propia genética, aspectos inherentes a su personal condición de ser humano. Sin embargo, en muchos otros casos son patologías adquiridas por nuestra forma de vida; factores desarrollados a consecuencia de nuestras exigencias absurdas; de nuestra proyección del estrés; de nuestro afán por presionar al esfuerzo y al trabajo a niños y niñas cuyo cometido es jugar, divertirse y aprender.

Está comprobado que los niños y niñas aprenden jugando, interactuando entre ellos, con los adultos y con el medio. Sin embargo, continuamente nos empeñamos en acotar sus horizontes, en atosigarlos con miles de tareas y les demandamos resultados, como si fuéramos altos ejecutivos exigiendo objetivos de producción a sus empleados.

Asimismo, cuando los sobreestimulamos con pantallas y contenidos fuera de su alcance cognitivo y desarrollo psico-evolutivo y les rodeamos de miles de juguetes y accedemos a sus demandas para que estén callados y sin molestar, estamos colaborando a la muerte de su creatividad, curiosidad o autocontrol y, lo más triste de todo, somos responsables de ahogar su personalidad convirtiéndoles en emperadores que, con la adolescencia, desarrollarán actitudes ingobernables y con falta de límites en su capacidad de autocontrol emocional. Además, su constante apatía les alejará del deseo de aprender, del esfuerzo por conseguir las cosas por sí mismos y olvidarán apreciar todo lo que les rodea para, finalmente, convertirse en una persona que pide mucho y no dan nada con tendencia a la depresión o al suicidio.

No nos engañemos, nuestros niños y niñas no demandan disponer de una montaña de juguetes o utilizar el móvil, la tablet o la gran diversidad de aparatos electrónicos existentes. Nosotros, como adultos, somos quienes los abrumamos con millones de artefactos que luego acaban en un rincón; somos nosotros quienes les ponemos a su alcance la tecnología para acallarlos, seguir con nuestros quehaceres o temiendo que se queden atrás en la revolución tecnológica, sin embargo estas actuaciones son contraproducentes tanto para su desarrollo psicológico como afectivo y social.

Nuestros niños y niñas demandan un padre y una madre que juegue con ellos, que dejen a un lado tanto trabajo para reunir un montante económico que le priva de la infancia de su hijo o hija y le roba la gratitud de sonrisas sinceras e irrepetibles.

Nuestros niños y niñas demanda padres y madres que se olviden de la tecnología y dispongan de tiempo para ir al parque, para conversar y juntos descubrir el mundo tal y como es, en 3D, palpable, con olores, con sonidos, con experiencias.

Nuestros niños y niñas demandan  padres y madres que dejen a un lado lo material y se ocupen de lo emocional.

Nuestros niños y niñas demanda padres y madres que empiecen a vivir y que les enseñen a vivir alejados de una vida edulcorada.

Nos llaman a gritos y nosotros sordos, ensimismados en banalidades, perdiéndonos aquello que realmente importa.

More from Héctor Díaz-Bernardos

Casino

Ellos se quedan yo me voy, quedarme quisiera marcharse anhelan. Ironías del...
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *