El valor de la amistad

¿Habéis pensado alguna vez qué sería de nosotros sin esa persona que nos apoya cuando todo a nuestro alrededor parece derrumbarse? Yo lo he sentido. Y supongo que es algo que no se le desea ni a tu peor enemigo. Muchas veces estamos tan concentrados en el día a día, en nuestra rutina, que no nos damos cuenta de apreciar y dar gracias por lo que tenemos al lado. Sí, hablo de eso que conocemos como amistad.

La Real Academia define esa palabra como “relación de afecto, simpatía y confianza que se establece entre personas que no son familia”. Estoy de acuerdo, aunque me tomo la libertad de matizar un aspecto: para mí los amigos son también familia. Está muy escuchado eso de que “los amigos son la familia que se elige”, y es que en eso también discrepo. ¿Acaso elegimos querer? Creo que más bien son la familia que encontramos, y con la que congeniamos, a veces, mejor incluso que con nosotros mismos.

La amistad es ese sentimiento que une a las personas y las hace cometer y compartir cientos de locuras. Los amigos son nuestros inseparables compañeros de viaje.

A lo largo de nuestra vida, conocemos una cantidad inimaginable de gente. Unos se van, otros se quedan, con algunos tienes algunas cosas en común, y a otros, directamente, no los aguantas desde que abren la boca por primera vez. Los amigos son una constante. Esas personas que siempre están ahí. Y creédme cuando afirmo que se pueden contar con los dedos de una mano.

Y es que, la teoría está genial, pero prefiero dejársela a los que se comen la cabeza para plasmar sobre el papel una definición exacta. En la práctica, la amistad son las noches en vela hablando después de algún drama que creemos como lo peor de nuestra vida; las risas bailando una canción; o los cotilleos que duran hasta las tantas de la mañana. Salir, reír, divertirse, pero también encontrar un hombro en el que llorar. Alguien con quien no te importe exponerte, así, tal y como eres. Alguien por quien apartar las barreras que nos creamos para que no nos hagan daño porque sabemos que un amigo nunca nos va a juzgar. Las locuras están muy bien, pero mejor es saber que, si te tropiezas, tienes a alguien incondicional que recogerá cada pedacito de ti y volverá a armarlo, dejando el puzle incluso mejor que al principio. Alguien que nos llene de fuerza y nos diga “tú puedes con eso y más y, si no, lo superaremos juntos”.

¿Existe un amor más puro que ese? ¿Acaso es comparable a algo esa muestra a ciegas de fidelidad? Para mí quien tiene un amigo tiene un tesoro. Y, por ello, creo que debemos cuidar como oro en paño ese tesoro y regar día tras día la flor de la amistad para que crezca fuerte y sana y, cada primavera, poder contemplar la belleza de cada uno de sus pétalos.

Os animo a dejar a un lado, por un momento, las preocupaciones y que penséis en esa o esas personas que sabéis que están siempre ahí para despejar las dudas cuando el cielo se nubla. Esos son los amigos de verdad. Yo tengo tres y, aunque una sea de verdad de mi familia, creo que son el mejor regalo y el mayor tesoro que voy a tener en la vida.

Ya lo afirma el a veces tan sabio refranero español: “Quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. Y creo que yo tengo tres diamantes que cualquiera envidiaría. Y hoy, públicamente, doy gracias por ello.

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