Un viaje de ida y vuelta

El viaje de Víctor fue de ida y vuelta y duró menos que de costumbre. Siete horas concretamente. No le había dado tiempo a preparar la maleta, había salido de casa en pijama y zapatillas montado en un enorme elefante azul, Lulo, su fiel amigo. Lulo, que ahora por primera vez en tres años hablaba, iba amenizando el viaje con canciones que a Víctor le resultaban familiares, probablemente de haberlas escuchado en la tele, pensó. Se encontró calles casi desérticas impropias de un mes en el que la Navidad todo lo invade. Las pocas personas con las que se cruzaba a su paso vestían atuendos de lo más estrambóticos y pasaban a toda prisa sin reparar en su presencia. Se detuvo en el parque que tantas veces visitaba, este parecía encontrarse más cerca que de costumbre, estaba repleto de enormes piezas de colores, todas ellas de diferentes formas pero de mismo tamaño. Las piezas parecían invitarle a que se apease del elefante y las juntase unas con otras con cierta lógica. Por un momento dudó, pero continuó su camino.

A lo lejos, y por encima de los edificios, sobresalía un manto verde que parecía descender del cielo. Del color verde emanaban puntos parpadeantes que llamaron su atención. El elefante, que parecía haberle leído el pensamiento, aceleró el paso hasta encontrarse a escasos metros de lo que resultó ser un gigantesco árbol de navidad adornado con numerosas bolas y luces de todos los colores. A los pies del árbol había una marabunta de gente que forcejeaba por hacerse con alguno de los regalos. A Víctor, la idea de quedarse sin regalos le aterró de tal manera que se bajó de Lulo de un salto.

Ya entre la muchedumbre, y a duras penas, pudo hacerse un hueco entre la infinidad de piernas hasta rozar con la yema de sus dedos el lazo rojo que envolvía uno de los regalos. Allí, debajo de tanta gente, le faltaba el aire y por un instante pensó que desfallecía. Resistió a envites y patadas, y cuando ya parecía tenerlo entre sus manos un sonido atronador y que cortaba el aire hizo que todo se esfumara a su alrededor.

El despertador sonaba con fuerza. Marcaba las siete de la mañana tal y como le había prometido su madre la noche anterior:

  • Sonará a las siete de la mañana, te lo prometo. – Le había dicho esta de manera cariñosa a las doce mientras lo arropaba y le daba un beso de buenas noches.

Víctor dio un salto y con su inseparable elefante de peluche Lulo bajo el brazo salió de su cama. Pisando las piezas del puzle que la noche anterior había dejado desparramadas por el suelo, se dirigió como alma que lleva el diablo a la habitación de sus padres.

  • ¡Mamá, mamá, mamá! -Gritó Víctor- ¡Ya es la hora mamá!

La madre, que sabía que este era el día más esperado del año para Víctor, respondió rápidamente:

  • Lo sé, mi vida.

Víctor, sin esperar a su madre, descendió corriendo las escaleras hasta encontrarse con el inmenso árbol de navidad. El árbol estaba adornado con multitud de bolas y un hilo de luces que bajaba en zigzag desde la copa hasta la base. En el pie, se encontraba un regalo con un lazo rojo.

  • ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Han llegado! ¡Me han dejado un regalo! – Gritaba Víctor entusiasmado.

Mientras el pequeño lo abría con ilusión, su madre llegó al salón y esbozó una enorme sonrisa. Sabía que para Víctor, y como para el resto de niños, el día 6 de Enero era como un sueño, un sueño que nada ni nadie les podría arrebatar.

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