Vivir

Dicen que los recién nacidos necesitan un constante cariño. Que el calor humano es la principal vitamina para un óptimo desarrollo, que son seres indefensos contra miles de peligros, que no serían nada sin una persona adulta a su lado. Y de pronto, crecemos.

Dicen, que el juego es la principal actividad cuando eres niño. Que el único conflicto se basa en “eso no es tuyo, es mío”, que la ilusión brota por nuestros poros. Dicen que nuestra imaginación nos hace soñar despiertos, que surcamos las nubes, rescatamos princesas, derrotamos dragones y amamos a los nuestros por encima de todas las cosas. Y de nuevo, seguimos creciendo.

Dicen que en la adolescencia somos hormonas andantes, que la sangre se debate entre bombear nuestro corazón o despertar otra zona de nuestro cuerpo que, hasta ahora,  aguardaba paciente. Que deambulamos por la vida sin ninguna razón pero que siempre encontramos un momento que disfrutar. Dicen que incluso el amor se vive a otra velocidad, que queremos y odiamos con fuerza, que nuestros sentimientos son reales y nuestra mente vive en una puta loca cabeza. He oído incluso que somos aventureros, que corremos peligros innecesarios, que apostamos a cara o cruz nuestro destino, sin importar si saldremos, o no, malheridos. Y como no podía ser de otra forma, volvemos a crecer

Y entonces oigo que los adultos somos responsables. Llega a mis oídos que los adultos tenemos la vida bajo control, que la realidad ya dio caza a nuestros sueños, que somos capitanes y que debemos vigilar el timón. Dicen que cuando eres adulto debes trabajar y olvidarte de vivir, que las noches ya no son para soñar, sino para dormir. Que ya no hay emoción fuera de si te han ingresado, o no, el talón. Que debemos olvidarnos de los juegos para poder mantener, en nuestra amueblada cabeza, la razón.

Dicen que nuestros píes deben estar bien anclados al suelo, que para visitar las nubes se necesita un avión, que ya no hay princesas que salvar sino facturas que pagar. Que nuestro cuerpo ya no está para vencer dragones y que un te quiero ya no es tan importante como lo pudo ser por allá entonces.

Se dice de los adultos que ya no pueden vivir aventuras, que el bailar bajo la lluvia es sinónimo de catarro, que el desnudar con los ojos a una persona no es más que un gesto guarro. Dicen que somos seres fuertes y que por ello no debemos dar síntomas de desolación, que podemos vencer cualquier situación, que no debemos pedir ayuda bajo ninguna condición.

Además, también se dice que el amor no debe preocuparnos, que lo podemos dejar por el pasillo olvidado. Que ya no debemos revolcarnos por cualquier rincón, ni coger de la mano, ni bailar pegados, ni robar besos cuál desesperado ladrón. Y una vez más, volvemos a crecer.

Y hasta aquí puedo escribir. Solo espero que al llegar a ese momento, mi  yo adulto no se haya olvidado del recién nacido que fue, que no haya dejado de reír, llorar y sentir. Espero que no se haya olvidado de todas las batallas que en su imaginación libró cuando era un niño, de todas las princesas que conquistó, de todos los charcos que, cual marinero suicida, navegó. Espero que no haya dejado de buscar los tesoros de la vida, que no haya olvidado decir te quiero, que no se haya olvidado de hacer el amor sin ataduras, a base de gemidos sinceros. Que no se haya olvidado de aquel adolescente que no se paraba a pensar lo que otros dirán, que amaba y odiaba con fuerza y sin rodeos

Solo espero que, al llegar ese momento, en mi última parada, pueda dedicarle a la muerte estas palabras: Estoy preparado para partir, he comprendido lo que significa vivir.

ONE LOVE

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