Volver

Puede que nos dejáramos engañar por el tango y nos hayamos creído aquello que repetía una y otra vez con un ritmo envolvente que parecía aletargar nuestros sentidos. “Veinte años no es nada”, insiste Gardel como si fuera verdad. Será que todos hemos caído en la mentira de creernos las palabras a base de repetirlas. A lo mejor la culpa es de los demás, como siempre. Nos ven por la calle y nos dejamos mecer con eso de “¡pero si estás igual que la última vez que te vi!”. De nuevo, mentira sobre mentira. Y ya van varios tomos.

“Veinte años no es nada”, vuelve a sonar en nuestra cabeza. Como si fuera una de esas canciones de verano fáciles de recordar y difíciles de olvidar. Puede que volver sea como esos éxitos volubles de una única estación. Porque volver no es más que una de esas palabras inofensivas que se esconden entre miles de entradas que nadie usa a diario. Porque volver es la suma de solo seis letras que dan como resultado uno de los viajes más espinosos que recorreremos jamás. Porque volver es siempre la gran tarea pero la dejamos para mañana.

Mañana, el gran escudo que utilizamos para dejar pendiente aquello que nos morimos por hacer pero que nos quita el aliento con solo pensarnos en el borde del precipicio que se construye más allá de nuestra zona de confort. Mañana, el saco infinito y roto en el que caen las excusas que esgrimimos para no calzarnos la vida y salir de casa sin paraguas para dejar que la lluvia nos despierte el alma y nos empape la ilusión. Mañana, la capa de invisibilidad con la que nos cubrirnos para intentar que las oportunidades que no agarramos no terminen de irse.

“Veinte años no es nada”, ahí aparece de nuevo. No le hagas caso. Deja que esa voz interior que vive en tu cabeza se canse de repetírtelo bajito al oído. Hoy, nunca más lo vas vivir. Ayer, no existe más allá de tu memoria. Así que, lo que quieras, hazlo. Ahora. No lo dejes. Lo que digas, dilo. En voz alta. Que se entere el mundo que, por fin, has decidido coger las riendas. Lo que sientas, siéntelo. A corazón lleno. Con el pecho ardiendo de ganas. Con el corazón loco de latidos que suenen impares por las prisas.

Quizá dentro de veinte años, cuando decidas volver la vista atrás, no te reconozcas al mirarte en el espejo. Quizá no sepas si eres tú o alguien que te ganó la partida. Quizá el agua de una lágrima te haga cosquillas y te diga que es demasiado tarde. Quizá te arrepientas de haberte contado demasiados cuentos y no haber sabido escribir la leyenda que siempre quisiste protagonizar. Quizá los quizás no te dejen brillar como cuando querías dejar ciego al mundo. Quizá Gardel estaba equivocado y veinte años sí son algo más que nada.

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